LA "SOLIDARITAT"
(interesante centenario)
El estamento militar ha estado siempre vinculado o
al servicio del poder, ya fuese este la corona o, desde el XIX, los poderes fácticos, nunca al del estado como entidad emanada
de la soberanía popular. De ahí el continuo enfrentamiento con
los movimientos sociales “no correctos” como el carlista, encauzador de la permanente rebelión contra lo establecido.
El ejercicio de esa fuerza partidaria –partidaria
por cuanto siempre ha estado de parte de una sola opción- se
llegaría a mostrar en múltiples ocasiones mediante actividades
absolutamente arbitrarias que no se hubiesen permitido a
cualquier otro colectivo, civil naturalmente. De manera
inteligente M. Ferrer, al tratar el tema de la “Solidaritat”
(no se olvide que lo hace en plena represión franquista, lo que
hace mas meritoria su reflexión), recuerda de principio la
tradición militar de asaltar los periódicos que, a gusto de la
oficialidad, y por diversas razones, eran adjetivados de
“enemigos”, “antipatriotas”, “peligrosos”, o cualquier otra
cosa, excluidos por supuesto todos los de la amplia gama de la
reacción; así, entre sus objetivos, no hubo ninguno ni de la
derecha monárquica ni de los integristas, aunque sí
republicanos y carlistas, algo que concreta Ferrer: “En
Madrid durante la Regencia se habían dado varios casos
y a comienzos del siglo el periódico carlista ´El
Correo de Guipúzcoa´ (desde 1911 ´El Correo del Norte´)
fue asaltado (en 1901 y debido a su radicalidad foralista)
por marinos de la Armada”.*
El triunfo de la Lliga en las elecciones
municipales de noviembre de 1905 se celebró por ese partido de
la burguesía nacionalista catalana con una comida multitudinaria
que se llamó “Banquet de la Victoria”, y unos días después el
semanario humorístico Cu-Cut! publicó una caricatura en
la que aparecía un civil y un militar ridículamente vestido de
húsar que preguntaba: “-¿Qué se celebra aquí que hay tanta
gente?, -El Banquet de la Victoria, -¿De la victoria?,
Ah, vaya, serán paisanos” en clara alusión a las derrotas de
Cuba y Filipinas. La reacción fue inmediata, y muchos oficiales
uniformados con el sable en la mano irrumpieron en las calles de
la capital catalana amedrentando a los viandantes y asaltando
las redacciones tanto del Cu-Cut! como de La Veu de
Catalunya, sin intervención de fuerza alguna que lo
impidiese y sin que posteriormente se aplicaran medidas
punitivas o disciplinarias a quienes habían participado, sí, por
el contrario, se suspendieron las garantías constitucionales en
la provincia de Barcelona: no sería ni la primera ni la última
vez. Días después de tales sucesos, la publicación militar El
Ejercito Español, al referirse a los actos del nacionalismo
catalán, a cualquier acto, advertía que “...será respondido
sin misericordia con el filo de los sables, hasta formar con
cabezas de filibusteros (catalanistes) una campana colosal que
aterre y se oiga”.
Toda aquella anómala situación provocó la caída del
gobierno de Montero Ríos a quien sucedió Segismundo Moret, que
de inmediato preparó una ley llamada “de Jurisdicciones” según
la cual quedarían sometidos a fuero de guerra –a la jurisdicción
militar- los delitos de palabra o por escrito contra el
ejercito y los símbolos españoles, que fue aprobada por los
partidos dinásticos –centralistas y de derechas- con la radical
oposición no solo de los partidos catalanes sino del carlista;
una ley que estaría vigente hasta 1931.
El movimiento unitario
Los partidos catalanes presentaron de inmediato un
frente común, era la “Solidaritat Catalana” y en la que
destacaban tres: los republicanos, los nacionalistas y el
carlista. El “solidario” según el historiador Borja de Riquer
sería “el primer moviment unitari catalá creat a partir del
fet nacional”.
El Partido Carlista no solo dio la batalla en el
congreso contra la nueva ley represora sino que formó parte muy
importante de la gran coalición de partidos catalanes. Hubo, es
cierto, alguna reticencia como la del marqués de la Torre de
Mediñà (en 1924 se pasó a Primo de Rivera), y en Madrid Barrio y
Mier o Enrique Gil Robles (padre del derechista fundador de la
CEDA), por el contrario Mella, tras importantes intervenciones
en el congreso en contra de la ley de Jurisdicciones, no puso
obstáculo al acuerdo solidario. Pese a que el disentimiento
intrapartido no fue importante, se llevó el asunto al rey como
arbitro supremo, y este, según Ferrer “declaró que los
carlistas eran libres de ir a la coalición de Solidaridad
Catalana, y hacerlo así no era merma alguna de lealtad”,
añadiendo “Tenia a su favor (Carlos VII) toda la
historia carlista: los adversarios llevaban consigo el peso de
un lastre: el centralismo borbónico”.
La
Solidaritat se inició el 11
de febrero de 1906 en un mitin celebrado en Girona. Después, y
con la excusa de rendir un homenaje popular a los diputados que
en el congreso habían luchado inutilmente contra tal ley de
Jurisdicciones, se convocó una manifestación que tuvo lugar el
siguiente mes de mayo. La comisión encargada de su organización
estuvo formada por representantes de los tres partidos mas
importantes de Catalunya: Francesc Cambó por los nacionalistas
de la Lliga, Josep Roca por los republicanos y Miquel Junyent
por los carlistas; quien, al menos simbólicamente, presidía tal
coalición de partidos era Nicolás Salmerón, ex presidente de la
primera Republica Española, que sería junto con el carlista
Solferino quienes también presidieron la manifestación, la
“Festa d´Homenatge”, en el conocido como Saló de Sant Joan,
(actual paseo Lluis Companys) en Barcelona que fue escenario de
la mas enorme concentración hasta entonces conocida en lo que
algunos han calificado “l´alÇament de Catalunya”. Después, en el
banquete popular celebrado en el Tibidabo, los representantes de
los partidos que presidían toda la celebración, el carlista
Solferino y el republicano Salmerón, se abrazaron públicamente
como símbolo de la unidad en una lucha cuyo objetivo así
sintetizó Ferrer: “barrer de
Cataluña los partidos dinásticos
centralistas por sus ideas, caciquistas por su falta de arraigo
en los distritos; y también, la derogación de la Ley de
Jurisdicciones”. (*)
El poder central por supuesto que no permaneció
impasible y para combatir la catalanista y rebelde marea
solidaria dispuso de un
individuo, Lerroux, del que posteriormente se supo que había
estado pagado desde Madrid a cargo de los en todo tiempo famosos
“fondos reservados” del ministerio del Interior/Gobernación
(solo cambia el nombre según el régimen). Alejandro Lerroux y
García, cordobés de nacimiento, periodista, se dedicó a la
política dada su facilidad demagógica en la oratoria de
entresiglos; se declaraba republicano, pero de inmediato provocó
un cisma en su partido y fue el ariete de los antisolidarios.
Dada su condición de no catalán obtuvo gran predicamento entre
los obreros que con similares características trabajaban
especialmente en Barcelona y alrededores industriales; practicó
un tremendismo anticlerical que poco después, en 1909,
coadyuvaría a los excesos de la “Semana Trágica”, de él es
aquella famosa arenga a sus “jóvenes bárbaros” en la que los
incitaba: “levantad el velo a las novicias y elevadlas a la
categoría de madres”. Después Lerroux acabaría como político de
derechas, y siendo -¡este país...!- presidente del gobierno en
1933 y 1935, en la república, muriendo placidamente en 1943, en
Madrid, en la España de Franco.
Pues bien, Lerroux nada más producirse la quema de
las redacciones de periódicos por los oficiales del ejercito
publicó un articulo bajo el titulo de “El alma en los labios”
del que son dignas de recordar algunas calificativos que
dedicaba a los catalanistas y, por extensión, al conjunto de
quienes se solidarizaron con ellos, de los aún en potencia
solidarios: “caterva
impura”, “mandilada de borrachos” o (la
constante anticatalana) “chusma
envilecida
por el amor al ochavo”, para llegar a
esta declaración esclarecedora
“Yo digo
que si hubiera sido militar, hubiera ido a quemar
La Veu
y el
Cu-Cut!,
la
Lliga
y el palacio del obispo por lo menos” .
Los partidos integrantes de la
Solidaritat
obtuvieron
un éxito clamoroso en las elecciones generales de abril de
1907.
El
Partido Carlista de un total de 14 diputados conseguidos, cinco
eran de circunscripciones catalanas, y de 6 senadores, tres
correspondían a Catalunya, el mayor éxito desde 1900, lo que
significaba que la colaboración
solidaria con
republicanos y especialmente con los nacionalistas catalanes no
solo no le había perjudicado sino que había sido bien vista
tanto entre los votantes catalanes como por el resto.
El fin de la
Solidaritat
En 1906 Prat de la Riba, de la Lliga
aunque con antecedentes carlistas, había publicado “La
nacionalitat catalana”, obra de absoluta referencia para el
nacionalismo catalán, y en el que se apuntaba como un principio
de confederalismo: “Del fet de
l´actual unitat política d´Espanya, del fet de la convivencia
secular de diversos pobles, neix un element d´unitat, de
comunitat, que els pobles units han de mantenir i consolidar.
D´aquí l´Estat compost”.
En 1907,
Prat de la Riba accedía a la presidencia de la Diputación de
Barcelona, aquél sería un primer paso para alcanzar la
presidencia de la Mancomunitat Catalana, antecedente de la
actual Generalitat (primeramente reinstaurada por los carlistas
durante la tercera guerra). La Lliga se consideró con fuerza
suficiente e inició movimientos de cierta desvinculación del
resto de fuerzas solidarias, y por otra parte el que un
derechista como Maura estuviese en el poder les alentaba a
inclinarse, por intereses de clase compartidos, a los
conservadores que desde Madrid gobernaban. Por otra parte, en
1908 se presentó por los republicanos nacionalistas el proyecto
de presupuesto de cultura del ayuntamiento de Barcelona en el
que entre otros objetivos se proponía el de “neutralidad
religiosa”, algo que la Iglesia institucional no admitió por lo
que significaba de perdida de poder. El Partido Carlista, en el
que el peso clerical se mantenía, se unió con las derechas (los
de la Lliga, así como con monárquicos y hasta ¡con lerrouxistas!
a los que con tal de minar la unidad de los solidarios, según el
encargo recibido de Madrid, no les importaba adoptar
posicionamientos clericales) en una alianza reaccionaria
dirigida por el cardenal Casañas y con el ardiente apoyo de
Mella que, “casualmente” había sido recientemente elegido vocal
de la patronal del Instituto de Reformas Sociales, al igual que
el integrista Senante.
La
Solidaritat, para gozo
centralista, estaba liquidada. En las municipales de 1909 la
candidatura de derechas (Lliga, monárquicos y ¡carlistas!, para
vergüenza del partido) sufrió el mayor de los descalabros,
cuando hacía dos años, en 1907, el partido, junto con otras
fuerzas como nacionalistas y republicanos, logró el mayor éxito
de toda la Restauración. El gran lastre derechista y clerical
que tanto mal siempre ha proporcionado al Carlismo cobraba una
vez mas sus réditos para satisfacción del mesetario monarquísmo
centralista, reaccionario y caciquil, que siempre ha dominado.
Nadie mejor que Joan Maragall describiría aquel
hermoso “alÇament” solidario de 1906 que tan ruinmente había
acabado. El poeta en un articulo publicado en 1907 decía: “Solidaritat és
la terra, ho sents?. Es la terra que s´alÇa en els seus homes.-
No has sentit dir mai allò de
´si tal
cosa succeís fins les pedres s´alÇarien´?-
Doncs ara
som en això; que les pedres s´alÇen; que cada home és un tros de
la terra nadiua amb cara i ulls i esperit i braÇ. I la terra no
és carlina, ni republicana, monárquica, sinó que es ella mateixa,
que crida, que vol son esperit
propi per
a regir-se”.
En
Valencia
Paralelamente a lo ocurrido en Catalunya también en el País
Valencià se produjo algo parecido que no pasó de un
bienintencionado intento carlista casi en solitario porque jamás
entre los valencianos ha existido una conciencia nacional tan
consciente y positiva como entre los catalanes.
En
Valencia solo dos partidos de importancia pretendieron hacer
algo parecido a lo de Barcelona: el carlista y los republicanos
de Rodrigo Soriano, escisión regional de ese partido cuya mayor
fuerza estaba en el “blasquismo” (de Blasco Ibáñez).
Además, otros grupos culturales o “valencianistas” también se
adherirían. En 1908 aún no había arrancado el proyecto solidario
valenciano, y es que contra el mismo, desde Madrid, se había
lanzado al republicanismo blasquista que tanto peso especifico
tenía en Valencia capital. Blasco era “un Lerroux de huerta”
(gráfica definición de Fuster) cuyas relaciones inconfesables
con el “fondo de reptiles” era denunciado por el propio Soriano
en el Congreso al dirigirse a La Cierva, ministro de la
Gobernación y acusarle de “pacto nefando y vergonzoso” con los
blasquistas. Soriano duró poco en su postura pro-solidaria, pese
a sus manifestaciones federalistas, y los esfuerzos catalanes
por ampliar el ámbito territorial de la Solidaritat fracasaron;
incluso se intentó una reunión en Valencia produciéndose
altercados a la llegada por ferrocarril de los expedicionarios
catalanes que fueron así comentados en “El Pueblo”, diario de
Blasco, el 3 de julio de 1907: “nuestros
correligionarios corrieron a guantazo limpio a la taifa carlo-sorianista”
congratulándose, el diario blasquista, del “estentóreo ¡Viva
España! ¡Muera Cataluña! que les encajaron ante sus narices” ( serian las
de Soriano porque con los carlistas tenían mas cuidado). Con
Blasco, el “hombre de Madrid en Valencia”, se inició el
anticatalanismo valenciano (fundamentalmente en el
cap i
casal)
que
en plena
“transición” fue desempolvado y revitalizado hasta el paroxismo
y la nausea por la triada “Abril Martorell–Broseta-Attard”,
también fieles servidores del Estado, que promovieron el
castrador “blaverismo”,
ahora
patrocinado por el PP con la inestimable colaboración del PSOE,
que seguimos presenciando.
Los “sorianistas” no aguantaron demasiado, y así fue
que tras la defección “solidaria” de su líder y al intentarse
como supremo y último esfuerzo la elaboración por la “Junta Solidaria”
de una
candidatura conjunta
de
carlistas y republicanos, el representante de estos, Josep Maria
Escuder, presentó públicamente su renuncia el 10 de diciembre de
1908, quedando tan solo el carlista Manuel Simó que permaneció
fiel a los principios sustentados por
Solidaritat Valenciana y que el
siguiente 17 de diciembre hacía pública en
La
Correspondencia de Valencia una nota de la
que reproducimos esta frase:
“ni oculto
ni abdico de mi significación política ni religiosa; pero
proclamada mi candidatura, no solo por mis correligionarios,
sino también por aquellos que simpatizan con las ideas
regionalistas y solidarias, acepto este carácter, que es
genérico, y por consecuencia, anterior y superior a los otros”.
En contraste con la cobardía y oportunismo de los
republicanos “sorianistas” se alzaba la irrenunciable postura
carlista que anteponía a todo el servicio a su país, a su
tierra, “anterior y
superior a los otros”, es decir, a
los de su particular “significación
política” y “religiosa”.
Y ese fue el final del único intento medianamente
serio de articulación de un frente “nacional valenciano” en
consonancia y relacionado con sus hermanos del norte, un frente
en el que tan solo creyeron entonces, y siguen creyendo ahora,
los carlistas de ese país.
E.O.
(*) La proclama
que provocó la ira de los militares fue publicada en "El Correo
de Guipúzcoa" en el mes de septiembre y entre otras cosas decía:
"Euskaldunes todos, unirse; no haya fronteras: el Bidasoa
nada significa, es nuestro hermano como lo son el Nervión, el
Zadorra y el Oria". El Partido siempre defendió y asumió la
unidad de los siete herrialdes, es decir Euskal Herria.
(*) En
Madrid, los partidos caciquiles, centralistas, nunca han querido
a catalanes en el gobierno, mucho menos que lo presidan.
Esclarecedora es la opinión del rey Jaime III cuando tras la
caída de Primo de Rivera tuvo una entrevista con un diplomático
español en Túnez. Este le preguntó por Cambó, si lo veía como
presidente del gobierno, y Don Jaime le respondió respecto del
politico de la Lliga “... le acompaña una circunstancia que le
entorpece el camino de llegar../ -¿Cuál?/ -¡Es catalán!”
(publicado en “Album Histórico del Carlismo”, 1935).