El
origen del Carlismo radica, como es sabido, en la
sublevación, en 1833, del campesinado de los pueblos
hispanos, (entonces sector mayoritario de la población,
contra la imposición del liberalismo que, de un plumazo,
aniquilaba la organización socioeconómica de aquellas
comunidades, sus expresiones ideológicas y culturales, de
las que la religión era columna vertebral, y sus libertades
forales, allá donde hubieran podido ser conservadas. No se
trató pues, como interesadamente se ha querido hacer creer,
de una lucha por que reinase tal o cual personaje, sino de
las clases populares en defensa de sus intereses contra la
burguesía.
Estas
comunidades habían desarrollado, a lo largo de los siglos,
una interacción con su medio y un estado de equilibrio que
la rapacidad del liberalismo destruirá. En 1871 el diputado
carlista guipuzcoano Vicente Manterola, alertaría en las
Cortes de Madrid del desastre que se avecinaba al grito de
¡Don Carlos o el petróleo!, de triste actualidad en estos
días de naufragios y guerras. Anos después, alguien tan poco
sospechoso de carlismo como Joaquín Costa, achacaba la
responsabilidad de la pavorosa deforestación al "hacha
desamortizadora".
Desarticulación de las bases que regían la vida del
campesinado, con el consiguiente deterioro económico, Éxodo
rural, envejecimiento de la población, cuando no
desaparición de pueblos enteros, irreparables perdidas
culturales y, por supuesto, degradación ambiental, son las
consecuencias de la imposición del liberalismo.
El
Carlismo hoy, fiel a su tradición comunalista, foral,
popular y defensora de las identidades culturales de los
pueblos, propugna la transformación de las estructuras
políticas y económicas liberales, hacia otro sistema que
denominamos autogestión global.
No
hablamos de otra política, sino también de otra cultura,
aquella cuya posibilidad de evolución fue cercenada a partir
de 1833. Por eso insistiremos en que el problema del declive
del Carlismo no tiene unas causas meramente políticas, sino
sobre todo culturales, por lo que su resolución debe ser
ante todo cultural. En otras palabras, no se trata de
pergeñar bellas teorías o de ocupar tales o cuales puestos
de concejales o de lo que sea, si no de dar respuesta a las
exigencias de unos pueblos conscientes de sí mismos.
Dentro
de esa cultura nueva y, a la vez, ancestral, la cultura
ecológica ocupa un lugar fundamental. Debemos ruralizar las
ciudades, para hacerlas más humanas y habitables, pero
también urbanizar los pueblos, para que sus habitantes
disfruten de los derechos y la calidad de vida comunes a
todos los ciudadanos.
La
conservación del equilibrio ecológico será la consecuencia
de todo ello. Es más, es consustancial a la existencia de
una democracia participativa, de un sistema autogestionario
gestionado por ciudadanos responsables y protagonistas de su
devenir, lejos de los sistemas liberales de partitocracia,
caciquismo, politiquería y corrupción que conocemos.
De
esta forma, la política ambiental no es, para nosotros, una
política sectorial, como lo es para los partidos liberales,
bien sean conservadores o socialdemócratas, sino
auténticamente transversal a todas las demás políticas.
Par
otra parte, creemos que en la política ambiental, como en
otros ámbitos, la educación es fundamental. En efecto, el
respeto al entorno comienza en nuestras acciones cotidianas,
como pueden ser el uso del agua o el tratamiento de las
basuras. Por eso, tanto la solución como a los problemas
globales -energéticos, de residuos, de recursos, de
producción y consumo, de sostenibilidad en suma- pasa par un
análisis que debe comenzar por la consideración de las
necesidades de las entidades socioeconómicas y políticas mas
básicas, para ir hacia las mas amplias, análisis que sólo
puede resultar válido desde un planteamiento
autogestionario.
Consecuentemente, no podemos más que estar en contra de los
macroproyectos que, en definitiva, solo favorecen a la
oligarquía de siempre, tales como los planteamientos
energéticos masivos y monopolizadores, cuya punta de lanza
siguen siendo las centrales nucleares, o el demencial Plan
Hidrológico Nacional, del que su principal virtualidad es la
de proporcionar ingentes beneficios a las empresas
cementeras y de obras públicas, a costa de cercenar las
posibilidades de desarrollo sostenible del Pirineo y la
cuenca del Ebro.
Par
tanto los Carlistas basamos nuestro programa de política
ambiental en los siguientes puntos básicos.
1. Promoción universalizada de la Educación Ambiental.
2.
Establecimiento de
derechos y niveles ambientales a todos los niveles
(doméstico, local, sectorial, municipal, etc.).
3. Análisis de necesidades ambientales a esos niveles,
potenciando las soluciones locales antes que las externas
(pequeñas centrales, soluciones mancomunadas, etc.), siempre
en clave de solidaridad.
4. Rechazo a los macroproyectos (centrales nucleares,
centrales eólicas descomunales, P.H.N., etc.)
En
definitiva, propugnamos un mundo en el que el poder esté
repartido entre los ciudadanos y en el que éstos sean
responsables y protagonistas de su gestión.
Fernando Sánchez