HIPOCRESÍA Y VIOLENCIA
En
la sociedad mundial actual, dominada por el imperialismo capitalista
neoliberal globalizado, (liderado por los EEUU y apoyado por sus aliados
subalternos, U.E. y Japón) una gran parte de la población se considera
superflua y es desplazada, excluida, porque no tiene ninguna función en
la creación de beneficios y pasa a formar parte de ese gran ejército de
inmigrantes que son concentrados en los suburbios de las grandes
ciudades. Una especie de campos de concentración, masificados, con falta
de servicios, ni perspectiva de futuro.
Esta
situación contribuye a crear en estas comunidades una sensación de
desesperanza, con el consiguiente consumo de drogas (que da una
sensación de alivio momentáneo a una vida intolerable) y a una conducta
antisocial: el delito. Un tipo de violencia interna que consiste
básicamente en la explotación mutua entre los pobres. Los ricos están
protegidos en sus urbanizaciones elitistas con sistemas de seguridad,
guardaespaldas, policía privada etc.
Este
tipo de delincuencia se mantiene más o menos estable, pues a pesar de
todo lo dicho no ha aumentado (dadas las circunstancias)
considerablemente. Lo que sí ha aumentado ha sido la publicidad que de
esta violencia se hace en los medios de comunicación de masas. Estos
medios –como si de “El CASO” se tratara- tienen espacios y programas
especiales dedicados a mostrar casos de violencia de una manera morbosa,
incluso los noticiarios – a los que se supone programas más formales-
utilizan gran parte del espacio incidiendo en este tema. (“EL CASO”
periódico de la época franquista que recogía únicamente noticias de
violencia.)
La
percepción que hoy en día se tiene de un aumento considerable de esta
violencia es sobre todo propaganda, y forma parte de la estrategia del
poder para asustar a la gente e imponer medidas de control social. Por
supuesto también contiene una verdadera connotación racista y
xenófoba, utilizando imágenes y referencias veladas para criminalizar a
determinados colectivos: gitanos, negros, árabes, Judíos, musulmanes,
ocupas, homosexuales, comunistas, rumanos,… en cada sociedad i momento
aquello que más convenga.
La
mejor manera que tiene el poder para controlar a la población es
imbuirlos el miedo. Si hay un enemigo a combatir la gente abdicara de
reclamar sus derechos, aceptara la represión, tolerara guerras
“preventivas”, ocupaciones “humanitarias”, imposiciones “democráticas”,
etc. De la aceptación por la mayoría de la sociedad alemana de estas
falacias e irracionalidades se impuso el nazismo. Si el poder puede
hacer sucumbir a la gente en tal irracionalidad, ya tiene el camino
libre para recortar las libertades y justificar la violencia para
reprimir la disidencia y las luchas populares con la excusa de combatir
el terrorismo, el comunismo, o imponer la democracia.
La
mayor parte de la violencia en el mundo proviene del poder, ya sea este
económico, político o corporativo, aquello que se conoce como “establishment”.
Si se atribuye a los revolucionarios y todo tipo de movimientos
rebeldes es porque al sentirse atacados, se defienden mediante la
violencia.
Cosas que aparentemente no son violentas pueden volverse violentas si
cuestionan el “Statu Quo”. Cuando defiendes tus derechos, invades
parcelas de poder, y las personas poderosa protegerán violentamente su
poder contra las personas que tratan de obtener derechos elementales.
Eso
ha sido una constante a lo largo de la historia -desde el
establecimiento de las teocracias hasta hoy día. Millones de personas
han sido desterradas, encarceladas, torturadas, asesinadas, por luchar
por sus derechos, la libertad, la justicia o mejorar las condiciones de
vida de la humanidad. Haya sido la lucha contra la esclavitad, el
feudalismo, el absolutismo, el imperialismo, la independencia o por la
defensa de los derechos civiles, políticos, sociales, económicos y
culturales.
Los
poderosos siempre encuentran una justificación para defenderse con la
violencia.
Hablar de no violencia resulta políticamente correcto, pero no podemos
tomarlo como un principio absoluto, porque la defensa de los derechos a
veces exige la violencia, y es utilizada o no en función de los propios
valores morales.
Así
las cosas, hay que encontrar la manera de transcender la violencia,
porque en la medida que los movimientos populares tengan que defenderse
mediante la violencia, esta tiene un límite: el mantenimiento del
carácter popular y democrático en el sentido profundo del término.
La
esperanza radica en última instancia en una toma de conciencia –ser
capaces de renunciar a parte de los privilegios de los que disfrutamos
en el Primer Mundo- para solidarizarnos e implicarnos en la suerte de
los excluidos, explotados y agredidos a nivel mundial.
Sin
la implicación y el apoyo desde dentro de los países imperialistas no
hay esperanza de solución a ninguno de los conflictos y agresiones que
padecen las poblaciones del Tercer Mundo. Y también las del Primero.