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DON PÍO NO TIENE QUIÉN LO FUSILE

Como si de un  cuaderno de campo  se tratara, Don Pío, en  los primeros días de la guerra de ahora hace setenta años, fue anotando sus impresiones, vivencias y chismorreos que otros protagonistas y exiliados de toda laya le iban contando. Son anotaciones escritas sin orden alguno, en su peculiar estilo (“Baroja escribe en zapatillas”, retrató con cliché vitriólico el pulquérrimo Azorín) lo que no le aminoró ser un reconocido gigante de la novela, pese a la opinión que de su valía literaria el mismo Don Pío oyera a un inadvertido y siempre francotirador Valle: “...escribe unas novelas que no le gustan más que a un perro que tiene que se llama Yoc”..

 Al fin, y tal vez –seguro- que aprovechando (en 2005) el tirón del inminente aniversario de nuestra mayor común salvajada de autodestrucción se publicaron esas anotaciones, que revisadas en su día por el autor reposaban en algún cajón de la editora familiar (“Caro Raggio: Editor”) esperando el advenimiento de tiempos mejores. En ellas no deja a títere con cabeza, especialmente a anarquistas, socialistas, comunistas y nacionalistas; tampoco olvida a los sublevados -lo que de por sí ya era vetable para el franquismo- aunque Don Pío nunca se confunde porque distingue entre fascistas, “con bandera roja y negra”, y carlistas, y  a  estos  no   los   deja  mal  parados  (¿acertó el jovencísimo Javier Maria Pascual cuando, en la revista universitaria carlista La Encina, noviembre de 1957, escribía bajo seudónimo su “Baroja paradoxal” sugiriendo una como psicopática atracción en el novelista por todo cuanto fuera carlismo?).

 Aquellos primeros días

El título escogido para el comercial lanzamiento de ese inédito barojiano fue bueno por sugerente: “La guerra civil en la frontera” (1), subliminal reclamo para  conocer las peripecias de Don Pío aquellos primeros días con Vera de Bidasoa y los requetés de fondo; y saber, en confesión directa,  “por qué” el impenitente fustigador/apasionado de los carlistas sobrevivió,  pasó la muga y pudo instalarse al otro lado de la dividida Euskal Herria. Línea argumental con varias versiones de la que solo el final se ha conocido siempre con certeza: Don Pío no fue fusilado. Han faltado siempre las razones de tal desenlace feliz y quienes fueron sus actores y responsables en aquellos primeros días del julio de 1936, tan  confusos y con narraciones tan manipuladas.

Nada más producirse en Pamplona la rebelión contra la República, dos días después, el 21 de julio, el coronel navarro (era de Estella) Alfonso Beorlegui se dirige, al frente de una columna integrada por guardias civiles, carabineros y requetés, hacia Vera de Bidasoa para asegurar la frontera e iniciar la aproximación y ataque a Irún. Baroja, que en aquel tiempo pasaba casi todo el año en el pueblo, sabe de los acontecimientos y hasta le avisan de la inminente llegada de los sublevados, pero no abandona Vera. ¿Por qué?, léase su narración y se conocerá del mal disimulado regusto de Don Pío por ver a los carlistas; una complacida rememoración literaria es su recuerdo de los requetés en Vera, una también íntima curiosidad confirmatoria de lo que  su sobrino Julio escribía en “Nosotros los Baroja”  respecto a lo que la madre  repetía al Don Pío niño: “Hijo, los carlistas siempre vuelven”.  Y Don Pío lo pudo al fin  presenciar.  En Vera aparecieron los requetés y, ¿cómo en un trasunto literario?, escribe reviviendo una cualquiera de sus novelas, “Me pareció aquello que veía una escena resucitada del tiempo de la guerra carlista y del Cura Santa Cruz”.

Allí en Vera, en su barrio de Alzate,  dice que estuvo departiendo tranquilamente con los requetés y más adelante concreta: “Fue días después cuando me tuvieron de pie, detenido, delante de un paredón de tierra, y luego me llevaron a la cárcel de Santesteban”. ¿Quién detuvo a Don Pío?

En su  dispersa narración no habla mal de los requetés, pese a que sus más íntimas obsesiones se mantienen inalterables –“Iban estos carlistas dirigidos por curas trabucaires, chulos de sacristía, que marchaban satisfechos con su pistola al cinto”, puro imaginario de La Flaca, La Traca o El Motín, más aún cuando para dar entrada al exabrupto, y como tantas veces en sus notas, utiliza el comodín de “se contaba..”- ; pero, insisto, no trata mal a los carlistas, y hasta podría decirse que con una cercana, tosca simpatía: “Estas tropas del Requeté tenían cierto aspecto. En su mayoría eran hombres pequeños, casi todos de la Ribera de Navarra”,  y narra la estancia de los requetés en Vera, “las partidas de requetés se extendían por el pueblo, y aunque se cometieron algunos abusos en los establecimientos de bebidas, ninguno hubo de demasiada importancia”,  con alguna referencia de humor “uno de los requetés intentó tocar con el cornetín la Marcha Real, pero como sus conocimientos filarmónicos no se lo permitieran, se conformó con tocar una jota navarra” ( interpretaban, en definitiva, el auténtico himno que de verdad siempre ha importado a aquellos hombres, la música de su tierra. Añado).

Y habrá de reconocerse que no suele ser ese tratamiento, tan benévolo para sus aprehensores,  el habitual de quien sufre una detención en pleno desbarate de guerra aún incipiente y por ello con resultado tan  incierto para su persona.  En el capitulo II de la Segunda Parte Baroja explica que tras haber salido de Vera, y yendo en un automóvil él y otras dos personas, se les ocurrió volver al pueblo tras las fuerzas que lo ocupaban, pero llegó un momento en el que fueron detenidos y los pusieron ante una pared, tras lo cual “nos mandaron que siguiéramos en el auto a las fuerzas carlistas”. Concreción importante porque, si se recuerda, la  fuerza mandada por  Beorlegui  y que ocupó el pueblo fronterizo navarro estaba compuesta por guardias civiles, carabineros y requetés (de los tercios Navarra, Lácar y Montejurra),  y a ellos, a los detenidos, se les dijo que “siguieran en el auto” (curiosa detención, por cierto, en aquellos trágicos momentos) a estos últimos, a los carlistas. Tras pasar por Vera, volvieron a Santesteban  y allí los “metieron en el sótano de la cárcel “, ¿a cargo de quién?. Baroja lo dice con absoluta claridad sobreentendida, mediante una inteligente elipse de salvaguardia, cuando tras reconocer que en la prisión los tres detenidos estaban alarmados, él “aunque con miedo, cantaba esta canción de Iparragirre entre dientes: ´Civillac esan naute/   biciro egoqui/  Tolosan bihar dala/ gauza erabaqui./  Guiltzapian sartu naute/   poliqui poliqui,/  negar eguingo luque/  nere amac balequi´  (Los guardias civiles me han dicho con cortesía que hay que resolver mi asunto en Tolosa. Me han metido bonitamente en la cárcel.... Mi madre lloraría, si lo supiera.)”.  Efectivamente, los carlistas ni tan siquiera los llevaron detenidos, simplemente fueron seguidos por quienes por el mando militar habían sido hechos prisioneros, y ya en la cárcel estuvieron a cargo -como en su día lo estuvo Iparragirre- de la Guardia Civil, fuerza que integraba la columna Beorlegui y que, mientras los requetés marchaban y luchaban en la primera línea del frente, se encargaba de guardar y hacer guardar en la retaguardia el “orden” recién impuesto.

...un oficial del ejército español muy elegante

Don Pío no fue fusilado, ni por los carlistas (tras su detención tan “sui generis”) ni por la Guardia Civil. De Santesteban, ya en libertad, en lugar de pasar de inmediato, clandestinamente, a Francia, como después lo haría, tozudo como era y pese a reconocer que con tal decisión “le entró el miedo y la preocupación”; ¿respecto de quién?, no precisamente en cuanto a los carlistas porque volvió a su pueblo que estaba ocupado por los requetés quienes tampoco le hicieron absolutamente nada aunque sí se le informó que  estaba prohibido pasar la muga, pese a lo cual a las pocas horas se largó  a Francia (tranquilamente porque lo hizo a pie y por la carretera, no a través del monte).

¿Cómo fue liberado de la prisión de Santesteban?. En ello intervino indiscutiblemente el “muy elegante” militar Carlos Martínez Campos, según explícitamente reconoce Baroja, y está corroborado en el libro de recuerdos de Gonzalo Menéndez-Pidal “Papeles Perdidos” (2) que recoge lo contado por Jesús Pabón a quien, a su vez, se lo había narrado el propio Martínez Campos. Este, en aquellos momentos comandante del Estado Mayor (3), visita, según contrastada versión,  la cárcel de Santesteban y al ver a los tres prisioneros, entre los que estaba Baroja (de cuya detención sabía por haberse hecho pública hasta por el “Diario de Navarra”), como hombre de cultura que era (en 1963 el tal militar ingresó como académico en la de Historia) “en tono de mando ordena al sargento de la Guardia Civil que le acompañaba: -¡Estos señores están en libertad!-“,  lo que de inmediato se cumple.

Todo, por consiguiente, y pese a truculencias interesadamente inventadas, cuadra a la perfección: Don Pío es, en principio, víctima de su curiosidad e interés por los carlistas, con los que habla y se relaciona normal y amigablemente, pero su zangolotineo de un sitio para otro en aquellos momentos de la guerra, de confusión y nerviosismo, hace que caiga en sospecha, y junto a sus compañeros de aventura es detenido, posiblemente por orden del mando militar, e identificado  ante  una tapia, y las fuerzas carlistas a las que se les encarga de su  custodia efectúan la muy peculiar de indicarles que les sigan con su propio automóvil; después son entregados a ese mando militar de quien reciben ordenes que los encarcela en Santesteban bajo la vigilancia de la Guardia Civil, y el resto ya se sabe. Ni más ni menos. Bueno sí, que cuál sería la “inquina” y “ferocidad” carlista hacia Don Pío que este, tras su excarcelación, vuelve a su pueblo, que sabía  “agitado por los carlistas” según constata, y no le ocurre absolutamente nada, marchando a continuación y por propia voluntad al exilio.

¿Molestó a Don Pío que los feroces carlistas confraternizaran con él y no sólo no le fusilaran sino que hasta lo entregaran a la fuerza militar, desentendiéndose de él como prisionero “de guerra”...?. Nunca se sabrá, aunque la verdad es que en comparación a como trata a los demás “dramatis personae” de aquella tragedia, los carlistas son los que salen mejor parados.

Tal vez, como apuntaba Javier Maria Pascual en el articulo de La Encina a que antes me refería,  “Don Pío sabía que los requetés  -esos salvajes de sus novelas- no le habían de capar ni el rabo de la boina”,  pese a lo cual llegó a pasar algún puntual momento de  miedo, y así lo constata él mismo en el comentario que de puro cachondeo le espeta una carlistona: “Una vieja carlista de Santesteban dijo que yo tenía mucho miedo” (se refiere a cuando para identificarlo lo pusieron ante una pared), y Baroja se pregunta, aceptando la chanza, “¿En que lo notaba?”.

Pero aquel viejo cascarrabias  no tenía quién lo fusilase.

                                                                                                          E. O.

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(1)   “La guerra civil en la frontera”,, Pío Baroja,, Madrid, 2005,, Editorial Caro Raggio.

(2)   “Papeles perdidos”,, Gonzalo Menéndez  Pidal,,  Madrid, 2004,, Publicaciones        de la Residencia de Estudiantes

(3)      Era Duque de la Torre (título concedido al General Serrano), Conde de San Antonio (1847) y Conde de Llovera (1910).         

 

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