1808

Es sintomático y orientador el afán neoliberal en conmemorar la
sublevación popular contra la invasión napoleónica.
¿Fue la de 1808 una rebelión “patriótica” según el posterior
romanticismo nos ha querido hacer ver?. ¿O acaso simplemente
ideológica? ¿Mezcló ambas cosas? Tal vez esa sea la interpretación mas
acertada. En cualquier caso, y al igual que sucedería en las guerras
carlistas, en cada territorio, y hasta en cada aldea la motivación fue
distinta. Solo hubo identidad en el enemigo, en el francés, pero contra
el ejército napoleónico lucharían absolutistas como el cura Merino, o
liberales como Espoz y Mina, y muchos militares de ambos bandos, del
insurgente carlista y del represor isabelino, se formarían en igual
batalla contra Napoleón. Unos han querido ver la resistencia desesperada
de una España negra y absolutista por no desaparecer, y otros el alba de
una nación (término equivoco por no ser identidad de Estado, sino
de lugar de nacimiento) promocionado por el progresismo de la
Ilustración.
Lo único cierto e inequívoco era el enemigo, el francés, portador de un
sentido imperial de “patria” identificado con nación y cuya única
realización, según el modo napoleónico, imperial, habría de ser el
Estado con lo que, paradójicamente, era un precedente de los muy
posteriores fascismos, todos originados precisamente en el
liberalismo creador de la nación-estado en exclusiva, como promotor,
tutelador y garante de la felicidad del ciudadano, del habitante del
burgo, no del hombre de la tierra, de quien por ser libre del Estado es
decisor de su propio hoy y de su inmediato destino mediante su libre
participación en sus naturales órganos de representación.
Fueron esas Españas las que se pretendieron asesinar en 1808, en la
culminación napoleónica de lo que ya se había iniciado en 1700 con el
absolutismo, también francés, de la nueva dinastía. El afán
centralizador trascendía, pues, del mero concepto absolutista y se
desnudaba en estricto imperialismo. Napoleón venía de la Revolución
Francesa y en esta el jacobinismo imponía una praxis destructora de
pueblos y culturas. Antes de Napoleón en Francia solo se hablaba el
francés por un 25 % de sus habitantes, el resto se expresaba
habitualmente en bretón, catalán, vasco, occitano…; el imperialismo
napoleónico francés inició un genocidio cultural que ha invertido los
datos: ahora ni un 25 % de los ciudadanos franceses se expresan en otras
lenguas autóctonas distintas al francés.
En España el unitarismo bonapartista tendría el nefasto corolario de la
destrucción de los últimos restos de los particularismos políticos. José
Bonaparte, rey impuesto y primer Gran Maestre del Oriente Nacional de
España (significativa la novedosa utilización del término “nacional”),
sería el iniciador de una centralización administrativa, pero su tacha
de extranjería, y el escaso tiempo de que dispuso, impidió no ya la
culminación del proceso pero ni tan siquiera de un aceptable desarrollo.
No obstante la semilla estaba echada.
Y fructificó en 1812. Significativamente ahora, los encargados del
evento del bicentenario de la rebelión antinapoleónica, entre otros
diversos libros, nuevos y no tanto, han reeditado uno fundamental del
profesor Miguel Artola que ya es un clásico –“Los afrancesados”- y
constituye una autentica biografía en disección de los protagonistas del
tiempo quizás mas importante –por lo que decidió y del que seguimos en
presencia- de toda nuestra común historia contemporánea.
Artola, al confesar su temor al abordar tan apasionante tema lo
justifica por la envergadura “de estudiar su intervención –la de
los afrancesados- en la construcción del Estado unitario, el gran
proyecto de los liberales, que realizaron los afrancesados desde un
punto de vista conservador”. Unos liberales con el bagage de la
centralizada administración francesa: el profesor Artola constata este
hecho ya de por sí determinante, y es que “la división provincial
será obra de un afrancesado, y construyen el modelo de Estado unitario”.
¿Fueron los afrancesados, acaso, unos traidores?, ¿pero traidores
a qué?, ¿a un rey inexistente o –nos seguimos preguntando- a una
“nación” aún menos existente?. No, porque el mismo Artola lo concreta,
los afrancesados “aceptan colaborar con José (Bonaparte) del
mismo modo que después lo hacen con quienes le son mas cercanos, y así
se acercarán a los isabelinos”. ¿Podría alguien encontrar una mas
racional explicación de lo que representaban los defensores de Isabel y,
también, una mejor justificación del porqué de la lucha carlista?. Todo
mantiene una rigurosa línea argumental y un único desenlace, mas tarde
desembocado en el mantenido centralismo jacobino de la soidisant
izquierda aborigen y en el seudofascismo españolista, ambos coincidentes
en la defensa de una “nación” asimilada al Estado, pero inexistente,
como cualquier imposición oficial no basada en la voluntad popular ni en
unas inequívocas, comunes, realidades culturales e históricas.
En 1812, se plasma ese afrancesamiento antiespañol –entendemos por
“español” al conjunto, en libertad, de todos los pueblos que en siglos
han convivido y concurrido en el mismo espacio de mutuo respeto y
solidaridad- al que nos venimos refiriendo. Es la Constitución de Cádiz
que rompe, ya de forma brutal, con el secular discurrir legislativo y de
gobierno de esas pocas comunidades históricas aún libres. Y lo hace,
además, mediante un texto elemental, contradictorio y apresurado. Un
texto que admite, pero que al mismo tiempo muestra su enemiga a esas
antiguas naciones (realidad política defendida por alguien tan
poco sospechoso como el profesor Elías de Tejada) y a las que pretende
destruir mediante el inútil plumazo de la “unidad constitucional”.
Unos hablan de la tragedia de 1808 como estereotipado hecho en el que su
concepto de España inicia la andadura “nacional”, y otros de 1812 con su
constitución como fecha de partida de nacimiento. Todos tienen razón,
los primeros porque es con la invasión napoleónica, mediante la fuerza,
como se introduce el ideal unitarista, y los segundos porque ese
objetivo se acaba plasmando en el antecedente escrito de la primera
constitución que pretende imponer la legalidad de tal crimen unitarista.
En definitiva, en 1808 se produjo un asesinato perpetrado por armas
extranjeras; y en 1812 se legaliza por los propios autóctonos
afrancesados. Pero un asesinato es un asesinato, lo peor es que se
siguió perpetrando (1839, 1876…) hasta nuestros días en una mantenida y
calculada destrucción de señas y libertades nacionales de los pueblos
españoles, de las Españas.
1808, conmemoración del inicio de un crimen continuado.
C.
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Artículo publicado
en el Federal Nº32.
Abril de 2008. |
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